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Una chica me invitó a ayudarla a probarse un corset. Esta es la
historia de lo que pasó dentro del probador.
Salí
de mi despacho para ir a buscar a Adela para bajar a desayunar.
Eramos
compañeros en la administración, yo jefe de servicio, ella
secretaria del Secretario General. Nos veíamos a menudo por motivos
del trabajo, y ella siempre ponía vocecita melosa para dirigirse
a mí. Muchos días desayunábamos juntos y poco a poco
fuimos adquiriendo confianza, ella sobre todo, hasta el día que
me dijo que si le acompañaba después del desayuno a una
compra que tenía que hacer.
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Hola,
como verás estoy muy contenta, y tengo motivos para estarlo.
Te cuento, que mi esposo se ha ido a trabajar por 6 meses a Canarias,
y como voy a estar solita mucho tiempo, busco gente para chatear,
hablar y hacer lo que me pidas
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Le
dije que si, y nos encaminamos hacia la calle Narvaez, cerca del trabajo,
donde nos paramos frente al escaparate de una corsetería. Ella
señaló un corset, y me pregunto:
¿Te gusta?
Era
negro, casi transparente, y yo no me hice idea de cómo le sentaría
aquella prenda. Pero ella siguió hablando:
Hace tiempo que tenía ganas de comprarme uno así, ¿entramos?
.
En
el interior de la tienda le preguntó a una dependienta por el modelo
en cuestión, y tras un intercambio de pareceres sobre la talla,
la dependienta bajó una caja de un estante elevado, sacando a continuación
la prenda. Adela la tomó en su mano, la dependienta le hizo una
señal en la dirección del probador, al fondo de la tienda,
y Adela volviéndose hacia mí me preguntó:
¿Me ayudas a probármelo?.
Por
supuesto que no esperaba tal invitación, pero accedí. Una
vez dentro del probador, Adela se quitó el vestido rojo de una
pieza que llevaba, yo ya me había fijado en que no llevaba sujetador,
lo cual era evidente ante el bamboleo de sus pechos, pero me quedé
de piedra al ver que tampoco llevaba bragas. Estaba espléndida,
desnuda ante mí con sus pechos desafiantes mirando hacia el cielo
y su coñito pelón que no trataba de ocultar sino más
bien al contrario, de enseñar, abriendo algo las piernas mientras
se paraba de frente a mí.
¿Te gusto?
Me
preguntó. Y yo casi no pude más que balbucear que sí.
Me tomó mi mano y la llevó hacia su pecho, y yo no pude
por más que poner la otra en su coño y comenzar a masajear
su clítoris y su teta al unísono.
Adela
retiró mi mano y se puso el corset, estaba guapísima pues
le dejaba su coño pelón al aire, y las areolas de las tetas
se transparentaban a través de las copas del corset de gasa.
Me
dijo que me la sacara y obedecí, mi polla ya trempaba y desde luego
el espectáculo era notable. Sin mediar más palabra se arrodilló
y de la primera intención se la metió entera en su boca.
Adela era de esas hembras que al chupar una polla dejan arrastrar los
dientes, con lo que casi me hacía daño, pero verla con toda
mi tranca dentro de su boca cuando succionaba era tremendo y la dejé
hacer.
Tras
una intensa mamada, saco mi pene de su boca y me dijo que era mi turno,
y dándose la vuelta subió un pié a la silla del vestuario
ofreciéndome su culo.
Chúpamelo, me dijo.
Y
yo apliqué mi lengua desde una incómoda postura en el vestuario
a su coño, desde abajo, casi tirado en el suelo. Ella se rió.
No hombre, quiero que me chupes el ano.
Sólo
tuve entonces que agacharme un poco para con mi lengua aplicarme a su
ojete, chupándoselo con profundidad. Adela empezó a suspirar
y era evidente que su coño se humedecía.
Tras
un rato en esta postura y ya sin preguntar, me enderecé y procedí
a acercar la punta de mi pene a su ano, Adela echó una mano hacia
atrás y abrió todo lo que pudo sus nalgas para facilitar
la penetración, era evidente que lo deseaba. Comencé a introducirme
lentamente, no quería hacerla daño, y en esa postura, con
las piernas abiertas e inclinada hacia delante, cuando la polla había
empezado a encontrar el camino, Adela dio un culetazo hacia atrás
y se la clavó de un solo golpe hasta los cojones, soltando un gemido
sordo que sólo se podía oír a la distancia que yo
me encontraba. Se había clavado ella sola y ahora era también
ella ante mi asombro la que empezaba a culear para follarse a si misma
con mi tranca.
Bajó
el pié al suelo con lo que noté su recto aún más
estrecho, recuperé la iniciativa, y empecé un metesaca suave
que duró poco
¿Es que no sabes follarme fuerte?, dijo Adela. Me gusta que me
la metan fuerte, que me follen como a una puta sin ningún miramiento,
¿por qué te crees que voy sin bragas?, yo te lo voy a decir,
incluso en el metro, en hora punta entre empujones, me he dejado follar
por un desconocido, así sin bragas es fácil.
Mi
polla al máximo de su esplendor, entraba y salía ahora por
aquel culo como Pedro por su casa. Adela sacó un consolador de
su bolso y me pidió que se lo metiera por el coño, lo cual
hice de un solo golpe. Ahora más que culear se retorcía,
y de pronto se puso a temblar como si tuviera un escalofrío, noté
que se corría porque la voz se le puso mas grave mientras me decía
que era una puta por lo que me estaba dejando hacer.
Una
vez que se había corrido se sacó mi polla de un pequeño
brinco, se veía que tenía experiencia de "bajarse en
marcha". No tardó un segundo en darse la vuelta y meterse
mi polla de nuevo en su boca. Solo que ahora mientras me la chupaba miraba
hacia arriba desde su postura de rodillas en el suelo del vestuario y
me decía que me corriera en su boca. Al mismo tiempo, entre mis
piernas, jugaba a tocar mi ano con la punta del consolador sin llegar
a meterlo lo cual me excitó enormemente y ya no resistí
más, llenándole la boca de caliente semen.
No
dejó escapar ni gota haciendo muy ostensible el gesto de tragar
para que me diera cuenta de que mi corrida había acabado en su
estómago, limpió bien la polla con su lengua y se puso de
pié.
Ahora estaré con el culo escocido en la oficina toda la mañana
acordándome de ti.
Y
dicho esto, se quitó el corset y se enfundó su vestido rojo,
como le había traído, sin ropa interior. Todavía
antes de salir del vestuario se volvió hacia mí y me dijo:
El corset lo pagas tú, a ver si te crees que porque seas mi amigo
no vas a pagar a esta puta el maravilloso griego y francés que
te he dejado hacer.
Los
dos estábamos sudados cuando frente al mostrador esperábamos
que la dependienta me cobrara el precio del corset y lo envolviera para
llevarlo a casa de Adela, por eso no me extrañaba su sonrisa ni
sus miradas. Lo que no hubiera podido esperar fue su frase de despedida:
La próxima vez, no me importaría ayudar yo también
en la prueba.
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